Fyltado
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Nunca los cimientos del régimen de los Asad, que primero el padre y luego el hijo han gobernado despóticamente Siria desde hace 42 años, había estado tan cerca de venirse abajo como estuvo ayer.
Lo que pareció un tímido ataque de comandos opositores en barrios pobres de la periferia de Damasco se convirtió ayer, tres días después, en una batalla, calle por calle, en barrios céntricos de la capital, a escasos cuatro kilómetros del Palacio Presidencial, donde el presidente Bachar al Asad todavía hablar de una “lucha de su pueblo contra el terrorismo”, mientras que la Cruz Roja habla ya oficialmente de guerra civil.
De ser ciertos estos cálculos, el dictador sirio y su derrochadora esposa estarían escuchando, por primera vez, el sonido en directo de la guerra.
Movimiento de tropas. Síntoma del nerviosismo del régimen fue la orden dada ayer por Asad a sus tropas acantonadas en la provincia que rodea los Altos del Golán, ocupados por Israel en la Guerra de los Seis Días, en 1967. Sería, de hecho, la primera vez que se produce una retirada militar siria de una zona en disputa, lo que simboliza mejor que nada lo que podría ser el principio del fin del régimen sirio y una nueva victoria de la primavera árabe que empezó a principios de 2011 en Túnez y que ha derribado ya cuatro dictaduras árabes: la propia Túnez, Egipto, Libia y Yemen.
Disparos en plaza emblemática. El avance de los rebeldes llegó hasta dos de los escenarios de la propaganda del régimen: la calle Bagdad y la plaza Sabe Bahrat, tan emblemática para los partidarios de Asad, como lo fue hace un año la plaza Verde de Trípoli para los seguidores de Muamar Gadafi.
En la plaza damascena los rebeldes dispararon contra puestos de defensa de tropas del régimen e incluso con carteles de alabanza a Asad, un gesto que podría interpretarse como el deseo de los opositores de que el presidente sirio tenga el mismo final trágico que en su día tuvo el coronel libio.

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